Memoria y textura
Mis cristales tienen un pasado: provienen de derribos, ventanas rescatadas de contenedores o botellas de aceite y vinagre de los bares de siempre. Yo mismo realizo el proceso de arenado en el taller para transformar estos materiales en piezas de diseño precisas y únicas. El resultado es una superficie mate con una textura rugosa muy especial que no solo difumina la luz de forma mágica, sino que permite que la lámpara se integre visualmente con el ambiente de forma natural.
El carácter de lo manual
En mi proceso no hay lugar para la fabricación industrializada, cada pieza de latón se trabaja de forma individual, una a una. Yo me encargo personalmente del tratamiento y la aplicación de la pátina, protegiendo cada acabado con aceites específicos para metales. Al ser un proceso artesanal, el latón cepillado mantiene su esencia y, con el paso del tiempo, envejece con nobleza, ganando un carácter propio que hace que cada luminaria sea irrepetible.
Interacción invisible
La verdadera magia de mis piezas reside en el dimmer artesanal, un diseño propio que rompe con lo convencional: no se gira, no se pulsa y no es táctil. La lámpara detecta tu presencia para activar y regular la luz, creando una experiencia de usuario casi intuitiva. Dependiendo del diseño, este sistema se integra de forma invisible en el propio cuerpo de la lámpara o se presenta como un dimmer de mesa independiente, manteniendo siempre la armonía visual del conjunto.
Estabilidad y atmósfera
Para garantizar una iluminación de alta calidad, utilizo tiras LED de 24V, una elección técnica que ofrece mayor potencia lumínica y evita el parpadeo típico de los sistemas de 220V. Esta tecnología, combinada con la textura arenada del vidrio, genera un aura perfecta e hipnótica que baña el espacio de forma uniforme. Además, la versatilidad de estos conceptos técnicos me permite adaptar los diseños a las necesidades específicas de arquitectos e interioristas, ofreciendo una total flexibilidad en cada proyecto.